Seguidores

25 de noviembre de 2008

El tiempo atmósferico y la pesca con mosca

Muchas de las excusas en las que los pescadores de truchas nos apoyamos para justificar las malas jornadas de pesca tienen relación con el tiempo atmosférico. Frases del tipo “el agua bajaba muy fría”, “no había una nube en el cielo”, o incluso “había bajado mucho la presión”, nos resultan familiares a todos.

No cabe duda de que las condiciones atmosféricas existentes en cada jornada de pesca influyen decisivamente en el comportamiento de las truchas y, por tanto, en que la pesca se dé mejor o peor. De hecho, circulan entre los pescadores numerosas teorías que intentan explicar de una forma razonada la influencia que cada uno de los distintos elementos meteorológicos (temperatura, presión atmosférica, viento, etc.) tienen sobre nuestros peces. Sin embargo, no resulta sencillo comprobar si estas creencias, ampliamente extendidas en muchos casos, son realmente ciertas. Por un lado, la capa de agua hace que las truchas estén relativamente aisladas de la atmósfera, por lo que sienten la influencia de la mayoría de los elementos atmosféricos únicamente de una forma indirecta, a partir de los efectos que producen en el agua. Por otra parte, resulta imposible analizar en la práctica la influencia de cada uno de los distintos factores meteorológicos por separado, ya que siempre tendremos numerosos elementos, meteorológicos y no meteorológicos, actuando conjuntamente. En realidad, no habrá nunca dos jornadas con exactamente las mismas condiciones ambientales, y esta es seguramente la causa de que las reglas que pronostican una mejor o peor pesca según haga frío o calor, esté el cielo cubierto o despejado, etc., fallen a menudo.



Bajo el agua, los cambios de tiempo se sentirán de forma diferente.
Aunque sabemos que se trata, por tanto, de un asunto en el que es difícil hacer afirmaciones categóricas, intentaremos en este artículo hacer un análisis más o menos detallado de la posible influencia que los distintos elementos meteorológicos tienen en la pesca de la trucha común en ríos y arroyos (la influencia del tiempo en los lagos y embalses tiene ciertas peculiaridades que no trataremos en este artículo), fijándonos especialmente en la pesca a mosca, si bien la mayoría de los resultados y conclusiones son aplicables a cualquiera de las modalidades de pesca deportiva.

La presión atmosférica

De todos los elementos meteorológicos quizás sea la presión el más enigmático para el pescador y el que, tradicionalmente, más se ha prestado a conjeturas acerca de su posible influencia sobre las truchas. De hecho, no resulta difícil oír o leer teorías totalmente contradictorias entre sí. Para aclarar el asunto, conviene comenzar desde el principio, definiendo qué es la presión.
El aire pesa. Aunque es muy ligero (al nivel del mar y a 15ºC, su densidad es unas 1000 veces menor que la del agua), en la atmósfera hay una gran cantidad de aire: sobre cada metro cuadrado de superficie terrestre hay, por término medio, unas diez toneladas de aire. Y la presión atmosférica no es más que el peso del aire por unidad de superficie.
A pesar de deberse al peso del aire, la presión no solo actúa verticalmente, sino que se transmite en todas las direcciones (principio de Pascal), ejerciendo una fuerza perpendicular a cualquier superficie.

La unidad de medida de la presión en el Sistema Internacional es el pascal (Pa), que equivale a una fuerza de un newton por metro cuadrado. Por tradición, en Meteorología se suele utilizar más como unidad de medida el milibar (mb), que equivale a un hectopascal, es decir, a 100 pascales (1 mb = 1 hPa = 100 Pa)
Si ascendemos una montaña, la cantidad de aire que tenemos sobre nosotros disminuirá, por lo que la presión será menor, mientras que aumentará si bajamos al nivel del mar. Pero, además, debido a que el aire de la atmósfera se mueve permanentemente, la cantidad de aire que hay sobre un punto cualquiera de la superficie terrestre, así como sus propiedades físicas (densidad, temperatura, etc.), varían en el tiempo. Esta es la razón de que la presión atmosférica sobre un punto fijo también fluctúe en el tiempo.
¿Y cuál es la presión que experimenta una trucha bajo el agua? Pues es sencillamente la suma de los pesos de las capas de aire y de agua que tiene sobre ella, por unidad de superficie. Es decir, la suma de la presión atmosférica más la presión debida al peso del agua. Esto es lo que, en términos matemáticos, expresa la conocida ecuación hidrostática, la cual nos permite calcular la presión en función de la profundidad del agua:

p = po + r g h

en la que p es la presión a una profundidad h, po es la presión atmosférica en la superficie del agua, r es la densidad del agua y g la gravedad.

Vemos que la presión que siente un pez en el agua depende tanto de la presión atmosférica como de la profundidad a la que se encuentra. No es cierta, por tanto, la afirmación que hacen algunos de que la presión atmosférica no puede afectar a las truchas por encontrarse bajo el agua. Al contrario, la presión atmosférica es uno de los pocos elementos atmosféricos que las truchas pueden sentir directamente.


La presión que una trucha siente debajo del agua depende de la presión atmosférica po existente en la superficie y de la profundidad h a la que se encuentra
La siguiente cuestión es analizar si los cambios de presión atmosférica en un lugar determinado son lo suficientemente grandes como para que puedan afectar a la vejiga natatoria de la trucha, como afirman algunas teorías.

Pues bien, en las latitudes en las que nos encontramos, un cambio de presión atmosférica de 20 hPa en 24 horas es un fenómeno excepcional, que solo se observa una vez cada muchos años.

Este cambio de presión equivale al que se produce en un desplazamiento vertical en el agua de ... tan solo 20 cm. Es decir, la diferencia de presión que experimenta una trucha en una cebada, debida a su ascenso a la superficie del agua, es casi con toda seguridad mayor que la diferencia de presión que notará en las 24 horas siguientes debida a cambios en la presión atmosférica. Estos valores nos permiten afirmar, con poca probabilidad de equivocarnos, que la teoría de que los bruscos cambios de presión atmosférica afectan negativamente a las truchas debido a su dificultad para adaptar con la suficiente rapidez la vejiga natatoria a la nueva presión no es cierta: estos “bruscos” cambios de presión son, en realidad, muy suaves.

¿Quiere esto decir que la presión atmosférica no tiene ninguna importancia en la pesca de la trucha? Pues tampoco es del todo cierto, ya que los cambios de presión, y en concreto las bajadas de presión atmosférica, están a menudo asociadas a rápidos cambios de tiempo (bajadas moderadas o notables de temperatura, incremento de la fuerza del viento, aumento de la nubosidad, lluvia, etc.) que, indudablemente, afectan al comportamiento de las truchas. Es decir, todo apunta a que la influencia de la presión sobre las truchas sea, en todo caso, indirecta.
Aunque existen en el mercado numerosos modelos de barómetros de pequeño tamaño y reducido precio (en realidad, los altímetros no son más que barómetros), su utilidad en el río será prácticamente nula.

La temperatura del agua

El principal efecto que tienen los demás elementos atmosféricos sobre la actividad de las truchas es, seguramente, debido a su influencia sobre la temperatura del agua.

La trucha, al igual que la mayoría de los organismos acuáticos, es incapaz de mantener su cuerpo a una temperatura diferente a la del medio en que se encuentra, es lo que se denomina un animal “de sangre fría”. Por tanto, su actividad está estrechamente relacionada con la temperatura del agua: a bajas temperaturas, sus necesidades energéticas son pequeñas, por lo que su actividad será también reducida. A medida que aumenta la temperatura aumentan sus necesidades de alimento y oxígeno, y su búsqueda de alimento será más, por tanto, cada vez más intensa. Sin embargo, este aumento de actividad no es indefinido: por encima de una determinada temperatura, la demanda metabólica de energía supera a la que la trucha puede conseguir alimentándose, por lo que la trucha abandonará sus puestos de caza y buscará refugios en los que la temperatura del agua no sea tan elevada; la temperatura a la que esto ocurre es variable, ya que depende, entre otros factores, de la cantidad de alimento disponible en cada momento. A temperaturas aún mayores, el pez comienza a experimentar daños en su organismo, hasta que se llega a una temperatura por encima de la cual la trucha es incapaz de sobrevivir.

Son numerosos los estudios que tratan de determinar los rangos de temperatura del agua preferidos por las truchas. La mayoría de ellos están basados en experimentos realizados en laboratorios para poder mantener todas las condiciones ambientales constantes excepto la temperatura del agua y garantizar así que las respuestas de los peces no se deben a otros factores. Los resultados, como es lógico, difieren de unos estudios a otros, por lo que deben considerarse más bien como valores orientativos. Por dar unas cifras, el rango de temperaturas óptimo para la trucha común es, según Barton, de 8 – 17 ºC, y la temperatura máxima tolerable por tiempo indefinido (durante cortos periodos de tiempo pueden soportar temperaturas mayores) oscilaría entre 23.5 y 26.7 ºC dependiendo de diferentes factores (aclimatación previa a altas temperaturas, edad de la trucha, etc.)

La temperatura del agua influye también sobre el resto de los organismos acuáticos, y por tanto sobre la disponibilidad de alimento, por lo que su importancia en la pesca de la trucha ofrece pocas dudas. Llevar en nuestro chaleco de pesca un pequeño termómetro para medir la temperatura del agua al llegar al río nos puede ayudar a hacernos una idea de las posibilidades de pesca que ofrece la jornada.

La influencia del tiempo atmosférico en la temperatura del agua

Es evidente que la temperatura del agua depende, en gran medida, de las condiciones atmosféricas. Sin embargo, no resulta sencillo determinar con exactitud esa relación por la multitud de factores que entran en juego. Así, la temperatura del agua está condicionada por diferentes elementos atmosféricos (temperatura del aire, nubosidad, viento, etc.) y, a la vez, por factores astronómicos (radiación solar), hidrológicos (forma del cauce del río, caudal, afloramiento de aguas subterráneas, fusión de nieve acumulada, etc.), biológicos (sombra debida a la vegetación) y topográficos (orientación del valle, sombra topográfica). La temperatura del agua de un río variará en el tiempo y en el espacio; incluso dentro de un mismo tramo de río habrá diferencias de unos puntos a otros debido a la existencia de zonas en las que el agua se renueva muy lentamente, al surgimiento de manantiales o a la llegada de afluentes con distinta temperatura del agua, etc.

Existen estudios, principalmente estadounidenses, en los que se ha medido la temperatura del agua en varios puntos de un río durante algunos meses y se ha hecho una comparación con los datos meteorológicos observados en estaciones próximas. A partir de los resultados de estos estudios, podemos establecer de forma orientativa un orden de importancia de los distintos elementos meteorológicos en la temperatura del agua, y que sería el siguiente:

Temperatura del aire
Insolación
Humedad del aire

Aunque intervienen también otros elementos meteorológicos, como son la precipitación y el viento, su influencia en la temperatura del agua es mucho menor.
En los siguientes epígrafes analizaremos cada uno de estos elementos por separado.

La temperatura del aire

Todos los estudios coinciden en señalar a la temperatura del aire como el factor más importante para explicar las variaciones de la temperatura del agua. En efecto, la temperatura del agua de los ríos sigue aproximadamente las oscilaciones de la temperatura del aire, observándose un ciclo anual, con un máximo en verano y un mínimo en invierno, y un ciclo diario, en el que se alcanza la temperatura máxima generalmente por la tarde. Debido a la mayor inercia del agua a los cambios de temperatura, se observa normalmente un cierto retraso en las oscilaciones de la temperatura del agua respecto de las del aire; así mismo, la amplitud de dichas oscilaciones es menor en el caso del agua.

Por tanto, la muy conocida regla de que el mejor momento del día para pescar es aquel en el que la temperatura es la más agradable para el pescador (mediodía en los primeros meses de la temporada y anochecer y amanecer durante el verano) parece del todo razonable, ya que en esos momentos será probablemente cuando también se alcance la temperatura del agua más adecuada para las truchas y para los organismos acuáticos que forman la base de su dieta.

En cuanto a la intervención de factores no meteorológicos, el caudal de los ríos y la estructura de los cauces son los principales factores que modulan la influencia de la temperatura del aire. Así, los ríos poco caudalosos se calientan más durante el día y se enfrían más durante la noche que los ríos de caudales elevados. Además, a igualdad de caudal, se observa una mayor oscilación de la temperatura del agua en los ríos anchos y poco profundos que en los ríos profundos y estrechos, más aislados del aire por presentar una menor superficie.

Un caso especial lo constituye la fusión de la nieve acumulada, siendo frecuente observar en zonas de montaña durante la primavera temperaturas del agua muy bajas en días de temperaturas relativamente altas.

La insolación y la nubosidad

El segundo elemento en importancia por su influencia sobre la temperatura del agua, después de la temperatura del aire, es la insolación efectiva, es decir, la cantidad de radiación solar que incide sobre la superficie del agua.

La insolación depende, en primer lugar, de factores astronómicos como son la época del año, la hora del día y la latitud. Como sabemos, en nuestras latitudes la energía solar que llega al límite superior de la atmósfera tiene un máximo en el solsticio de verano (21-22 de junio), en el que la duración del día es máxima y el sol alcanza su punto más alto en el cielo, y un mínimo en el solsticio de invierno (21-22 de diciembre), en el que se dan las condiciones inversas.

Sin embargo, la cantidad de energía solar que finalmente incide sobre la superficie de un río es menor. Las nubes reflejarán parte de esa energía al espacio, tanto más cuanto más abundante sea la nubosidad y cuanto mayor espesor tengan las nubes. Por otra parte, la sombra proporcionada por la vegetación de ribera puede tener gran importancia en la temperatura del agua, especialmente en el caso de ríos estrechos y poco caudalosos, evitando que en los días de verano la temperatura del agua llegue a valores elevados. En el caso de cañones y valles encajonados, la sombra debida a las propias laderas del valle también puede tener una influencia significativa en la temperatura del agua.
En muchos ríos estrechos, la sombra proporcionada por la vegetación contribuye decisivamente a evitar que se alcancen temperaturas del agua excesivamente altas para las truchas durante el verano

Tradicionalmente, se consideran mejores los días con nubosidad abundante que los días despejados para la pesca de la trucha, especialmente si está avanzada la temporada. Sin embargo, es difícil demostrar la causa de esta influencia positiva de la nubosidad. En los días nubosos el agua no suele alcanzar temperaturas tan elevadas como en días despejados, lo cual puede tener bastante importancia en los cálidos días de verano. Algunos autores apuntan también que la nubosidad puede favorecer indirectamente una mayor actividad de las truchas al necesitar los subimagos de efémera recién eclosionados más tiempo para secar sus alas resultando, por tanto, más vulnerables y apetecidas por las truchas. También se sugiere que los ojos de las truchas son especialmente sensibles a una alta luminosidad. Pero es probable que la causa principal sea, simplemente, que las truchas se sienten más seguras con poca luz que bajo un sol intenso que ayuda a delatar su posición, volviéndose más activas y menos recelosas en los días con nubes.

La humedad del aire

Por motivos obvios, las truchas son incapaces de sentir directamente la humedad del aire, razón por la que tradicionalmente no se le ha dado ninguna importancia en la pesca. Sin embargo, su influencia sobre la temperatura del agua, y por tanto sobre la actividad de las truchas, es más importante de lo que en principio puede parecer.

Como hemos visto, la temperatura del agua de los ríos depende principalmente de la temperatura del aire, de manera que un aumento de la temperatura del aire provoca, en general, un aumento de la temperatura del agua. Para valores ni muy altos ni muy bajos, la relación entre la temperatura del agua y la temperatura del aire puede considerarse como lineal. Sin embargo, cuando la temperatura del aire alcanza valores altos, la evaporación de agua del río comienza a ser considerable, con lo que el efecto de un aumento de la temperatura del aire se ve parcialmente compensado por el enfriamiento debido a la evaporación. A medida que se van alcanzando mayores temperaturas, el aumento de temperatura del agua correspondiente va siendo cada vez menor, pudiendo llegar a ser prácticamente nulo.

En estos casos de altas temperaturas, la humedad del aire desempeña un papel fundamental, ya que la evaporación del agua es mucho más efectiva cuando el aire está seco que cuando está húmedo. Resulta así que en los días tórridos y húmedos la temperatura del agua alcanza valores considerablemente más altos (y por tanto menos favorables para la actividad de las truchas) que en días igualmente tórridos pero secos.

La precipitación

Los días lluviosos, aunque incómodos para el pescador, suelen considerarse buenos para la pesca de la trucha, siempre que no llueva en exceso y que el agua se mantenga clara. Se suelen dar diferentes explicaciones a este hecho, resultando difícil precisar cuales son las más acertadas.

En primer lugar, es de esperar que las truchas se muestren más confiadas cuando llueve, ya que resulta muy difícil verlas bajo el agua debido a la baja luminosidad y a la distorsión de la película de agua producida por las gotas de agua. Además, la lluvia arrastra hacia al agua a insectos que vuelan sobre el río, pudiendo causar un aumento del interés de la trucha por lo que caiga del cielo en esos momentos. Si pescamos en la superficie, las truchas verán con menos nitidez nuestras moscas y serán, probablemente, más fáciles de engañar. Y, finalmente, el enfriamiento del aire producido por un chubasco tormentoso de verano, unido al ligero enfriamiento directo que producen las gotas de lluvia sobre el agua del río, puede hacer descender la temperatura del agua lo suficiente como para que las truchas pasen de una inactividad total a alimentarse activamente.

El viento

El viento favorece el intercambio de calor entre el aire y el agua, tendiendo a igualar la temperatura del agua a la del aire. A su vez, la evaporación es más efectiva en los días ventosos, reforzándose el enfriamiento por evaporación visto anteriormente, si bien su importancia es menor que la de la humedad del aire.

Algunos autores afirman que los subimagos son menos apetecidos por las truchas en los días con viento, prefiriendo alimentarse en esos casos de emergentes. La razón argumentada tiene relación, nuevamente, con el tiempo de secado de las alas de los subimagos, que será menor cuando sople el viento, y quizás el viento ayude a emprender el vuelo a estos insectos, volviéndose entonces un bocado más difícil de conseguir y, por tanto, menos apetecido por las truchas.

Para el pescador de mosca, el viento es casi siempre un incordio. Dificulta el lanzado y a menudo desplaza a la línea favoreciendo el arrastre de la mosca, pudiendo convertir una jornada de pesca es un auténtico calvario, sobre todo si tenemos que luchar contra un fuerte viento de cara. Por ello, resulta de gran utilidad conocer el día anterior la dirección en la que va a soplar el viento para planificar nuestra jornada de pesca, especialmente en días en los que se esperen vientos moderados o fuertes. Si miramos la predicción meteorológica, podemos saber la dirección y la intensidad del viento previstas para cada zona. Sin embargo, hay que tener en cuenta que, en nuestro país, muchos de los tramos trucheros corresponden a ríos de montaña que circulan por valles bien perfilados. En ellos, al soplar el viento, el aire queda encauzado por las laderas del valle, por lo que prácticamente siempre soplará en la dirección del río, ya sea agua arriba o aguas abajo, a la vez que aumentará su intensidad. Si, por ejemplo, se prevén vientos del suroeste, en los ríos con orientación este-oeste o norte-sur el viento soplará, previsiblemente, aguas arriba, mientras que en los valles con orientación oeste-este o sur-norte soplará aguas abajo. Esta sencilla regla, que se cumple en la mayoría de las ocasiones (si bien, como ocurre con todas las reglas, no es infalible), resulta especialmente útil para evitar los ríos en los que vayamos a tener que lanzar contra el viento, en el caso de que podamos elegir entre varios ríos, o al menos, para ir preparados para enfrentarnos contra un fuerte viento de cara.

No hay comentarios: